Las fechorías del hongo de la madera
El hongo de la pudrición seca, o merulio (Serpula lacrymans (Wulf.: Fr.) Bond.), es uno de los más feroces destructores de la madera.
Existen más de 70 especies semejantes, que viven en su mayoría en bosques, parques y jardines.
Sin embargo, el merulio es más astuto que sus parientes y se instala con más comodidad: en las casas, como un bienhechor o un amigo.
Aunque le va muy bien en los bosques, donde hay mucha madera, allí también tiene bastantes competidores, y además se le detecta y destruye rápidamente. Bajo los suelos, en los rincones ocultos y debajo de los muebles, siempre que las habitaciones no estén ventiladas y sean húmedas, este hongo se siente como en el paraíso. Por no hablar de trasteros, bodegas, los bajos de los graneros y los desvanes sin ventilación. Allí está aún más seguro, porque la gente echa un vistazo a los rincones apartados con menos frecuencia, y a veces, al llenar de trastos los rincones o tapar las aberturas de ventilación, parece crearle a propósito unas condiciones cómodas.
Entonces este hongo, al que los científicos llaman también el «llorón», se establece rápida y firmemente en condiciones adecuadas (30–35 por ciento de humedad, 20–25 °C de calor). La luz no le es imprescindible, ni siquiera necesaria. Los «llorones» incluso evitan la luz, porque obstaculiza su desarrollo. En «agradecimiento» por el cobijo, en unos meses o años este hongo convierte un cobertizo, un trastero, los suelos o un rincón de la casa, y a veces la casa entera, en escombros podridos.
Sería inútil intentar elaborar un catálogo de especies de árboles resistentes al merulio. No las hay. Sus favoritas son las coníferas resinosas, pero roe con éxito el papel y el cuero, y ni siquiera el yeso lo detiene.
A este hongo tampoco le resulta difícil destruir una pared de mampostería, siempre que haya en ella madera húmeda. Si encuentra una grieta en la pared, una rendija mayor o menor y al menos un trozo de madera, se traslada sin ningún problema al primer o incluso al segundo piso, y si las condiciones son buenas sube aún más alto, a los desvanes, donde suele haber abundantes estructuras de madera.
Las hifas incoloras del micelio se extienden tanto en vertical como en horizontal allí donde haya humedad, calor y falta de ventilación. La madera se convierte en polvo y el yeso se desmorona, y da exactamente igual que sea invierno o verano.
El merulio no daña la madera seca e impregnada; no le gustan las habitaciones ventiladas y las evita. Una buena ventilación es fatal para la actividad vital de este hongo.
El segundo obstáculo es la impregnación. Actualmente existen suficientes productos para impregnar la madera, solo que no hay que excederse, porque hay casos en que no solo los merulios, sino tampoco los propietarios pueden vivir en la casa. Las fechorías de este hongo se describen incluso en la Biblia, donde se le llama «lepra de la casa». Los antiguos griegos y romanos sabían elaborar aceites de impregnación cuya durabilidad ha demostrado el tiempo: figurillas de madera hechas casi 500 años antes de nuestra era, que incluso han estado en un ambiente húmedo, se conservan hasta hoy.
¿Qué aspecto tiene este hongo? Sus cuerpos fructíferos se parecen a una esponja, de 40–50 cm de diámetro y 4 cm de grosor, irregulares, casi siempre adheridos a la cara inferior del suelo, pero también aparecen a lo largo de las paredes y bajo el techo.
Al principio el hongo es blanco, más tarde se vuelve pardo y se arruga radialmente en pliegues reticulados, y su superficie parece llorosa (con gotitas de un líquido pardo). Por su maldad, a las «lágrimas» del hongo se las llama «lágrimas de cocodrilo». Cuando las gotitas se secan y el propio hongo respira, se liberan sustancias venenosas para el ser humano.
Así pues, los «llorones» no solo destruyen la vivienda, sino que también perjudican la salud de las personas que viven en ella. Cuando se evaporan las «lágrimas de cocodrilo», empiezan a caer las esporas del hongo, que dañan los ojos y las vías respiratorias. En un solo día, apenas 1 cm2 de su cuerpo fructífero desprende más de 35 millones de esporas. Imagínese cuántas hay en una habitación. El merulio también se reproduce perfectamente mediante fragmentos de micelio vegetativo sobre la superficie de madera todavía intacta. El hongo lo propagan ratas, ratones, escarabajos, gatos e incluso las propias personas, sin notarlo ni saberlo.
Si en una habitación se percibe un olor nauseabundo y desagradable a moho, o si en algún lugar a lo largo de una pared se ven acumulaciones blancas o parduscas de micelio, hay que destruir este foco peligroso lo antes posible.
Hay que sustituir escrupulosamente toda la madera dañada, aunque el hongo se limpie con facilidad o se desprenda solo. Una buena ventilación es imprescindible. La madera infectada debe quemarse. No debe guardarse junto con la leña ni con los materiales de construcción, ni utilizarse para fines domésticos.
Después de retirar el yeso, hay que desinfectar la pared y volver a enlucirla. Los propietarios deben cuidar especialmente de que no haya humedad bajo los suelos y de que las paredes y el espacio bajo el tejado estén secos.
Hay que cuidar con esmero las dependencias de la bodega, porque casi siempre es desde allí desde donde este «bienhechor» se traslada a las estancias habitadas. Quienes han construido pequeñas saunas en su casa deben tener especial cuidado.